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martes, 2 de agosto de 2011

  
Dueños de la vida y la muerte
Era una tarde como cualquiera en el barrio de San Telmo, lugar que con el tiempo va dejando de ser un barrio y pareciera ser un Shopping  al aire libre. Negocios, bares… ventas y compras por donde se mire,  y también la miseria como la otra cara de la moneda, jóvenes con mirada perdida intentándose ganar una moneda, y por que no el tourist conmovido que le arroja una moneda, y junto a ella su culpa y pena. En fin, la no realidad de un barrio que ha despojado de su nombre hasta la parte del barrio que ya mucha gente no reconoce como San Telmo por que escapa a esa estrecha “realidad”.
La gente recrea a Telmo, como decimos algunos, con esas callecitas estrechas, que conservan adoquines y las construcciones de principios de siglos donde solían amontonarse miles de inmigrantes en esa Argentina de 1900, que lejos de ofrecer una oportunidad, como suele leerse en los manuales escolares, ofrecía miseria y hacinamientos, pero también la condición mas preciada de la especie, la solidaridad.
Promediaba la tardecita y Ariel caminaba por Humberto 1° y Paseo Colon, ¡si!, bajo esos techos altos, sobre la vereda,  que sirve de refugio de la lluvia y el frío a tantos y tantas mujeres, hombre y niños. Caminaba como cualquier otro, ¿quien sabe a donde? y  ¿también que importa?, podría ser cadete y presuroso llevaba unos documentos a algún sitio, también podría estar paseando, o quizás ¿Por qué no “trabajaba” sobre el descuido de alguno? Caminaba, la tarde prometía lluvia, cuando ve un tumulto de jóvenes en la vereda, policías corriendo y un arma  a manos de un policía que lo mata. Al instante la hipótesis policial hace creer que  el arma del policía al caerse se disparo (asesinos hasta sin querer}  y mato al joven. Impresionante la facilidad que ni ante el estremecimiento de haber asesinado a alguien pueden decir la verdad.
Llegó a la casa de mi suegra,  y me pregunta casi al instante si conozco a Ariel Domínguez, puesto que vivía en un barrio muy cercano al mío. Enseguida las lamentaciones  de una muerte que decimos “es una tragedia”. Reflexiono sobre mis palabra y pienso ¿podríamos hablar de una tragedia? cuando alguien indefenso huye o alguien camina tranquilamente y otro lleva en sus manos un arma, lista para dispararse y llevándola quien las lleva  esta deseosa de disparar por sobre quien sea.

Se sabe que el policía era custodio del Registro Nacional de las Personas ¡que paradoja! a pocos metros de allí el custodio despojaba a Ariel de su vida y sueños. Los salvadores de la policía, Pagina 12, titulan  “Entre el gatillo fácil y la negligencia”. Es decir, si es gatillo fácil, es un policía exacerbado  e impulsivo y si es negligencia es un irresponsable, pero no un asesino. Mucho menos  se cuestiona una práctica cotidiana  de una institución cada vez más preocupada y comprometida en proteger el privilegio, que lleva en su germen lo más odioso para la condición humana, la autoridad.

            Para cerrar, la frase desde el dolor, pero también desde lo vivido y pensado de la madre de Ariel, recordando a otro joven (en esa ocasión si conocido mío) que  es atropellado y muerto por la policía en Villa Dominico “Los policías no sirven para nada, cerca de mi casa atropellaron a un chico y han cometido delitos. No sirven para nada.” Es cierto señora, ¡no sirven para nada! 

 A.A

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